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La Mujer y la sexualidad

La mujer y la sexualidad

Lo que el hombre espera de las mujeres es, con frecuencia, expresión de una maniobra proyectiva; es decir, coloca en la mujer cosas que son de él y que nada tienen que ver con "ellas"; por lo tanto son cosas irreales.

Siempre en el origen de la espera hay un "deseo", un sentimiento profundo, más allá de lo intelectual, que configura la espera. Podemos analizar en este "deseo" dos niveles diferentes. En el primero el "deseo" se expresa en el plano sensible: lo bello, la hermosura que tiene significantes concretos (sensoriales). En el segundo nivel el "deseo" surge con una fuerza que trasciende lo sensible. Aquí hay un perseverante anhelo de plenitud, una irresistible atracción hacia la completividad. La vivencia cierta con el "otro" que resuelve mi falta. En resumen: el "deseo" busca en lo bello un significado profundo, busca ser incluido en la belleza y en el goce, pertenecer a una armonía superadora de lo individual.

El hombre espera desde un determinado aprendizaje, es decir, entre otras cosas, ha sido enseñado a "percibir" determinada belleza. Es desde esta modalidad perceptiva que el hombre proyecta (espera encontrar) la mujer que desea. Pero la realidad irrumpe con la "presencia" de la mujer desconcertando al hombre en sus construcciones imaginarias de cómo es la mujer.

Frente al "desconcierto" el hombre tiene dos opciones:
1) Puede insistir en querer comprender lo "nuevo" de su encuentro con la mujer desde su aprendizaje, desde lo que él imagina saber acerca de la mujer y entonces el "des-espera", se inquieta, se torna ansioso. La mujer sólo le aparece como "origen". De esta forma el hombre encuentra mujeres similares a su "mamá". En esta opción el hombre se coloca ante una persona poderosa, protectora, capaz de calmar su apetito erótico. El hombre se obsesionará por un objeto que despliegue una pasión que pueda aplacar sus fantasmas. Esta búsqueda siempre concluirá con una "mujer irreal".
De este modo "ella" es destino, es decir, el misterio donde vamos pero que simultáneamente es de donde viene la vida.

2) En la segunda opción el hombre puede intentar trascender su espera. Superar esa modalidad de espera aprendida, pegar un salto por sobre sus expectativas. Solamente de esa forma la espera, como anticipación ansiosa se transforma en "esperanza". De esta forma la emoción se encausa en una expectativa de algo que no percibimos, ni conocemos y que ni aún podemos imaginar y que sólo intuimos que está en la "mujer". De este modo "ella" es destino, es decir, el misterio donde vamos pero que simultáneamente es de donde viene la vida.

La mujer como origen y como destino tiene que ver con el amor y la muerte (como la escultura "La piedad" de Miguel Angel). La mujer, un ser para abrazar y también para ser sostenido. La mujer desde el hombre tiene que ver con el amor porque incita a dar dándose; es decir, mueve a la emoción y a la pasión. Uno ama porque está dispuesto a gozar y a sufrir con el "otro fiel" que despierta en uno la propia "fidelidad".

La mujer tiene que ver con la muerte porque es la "disrupción", la quiebra irremediable del discurso del hombre. Es muerte porque provoca la ruptura de la cadena de significantes construidos, aprendidos junto al desarrollo de la identidad del hombre. Esta muerte es pánico en la opción  1 (más arriba señalada) pero puede ser descanso en la opción 2 si el hombre puede entregarse confiadamente a algo que lo sostiene.

La mujer se sitúa en un mismo nivel de igualdad con el hombre. Pero esta igualdad generará innumerables metáforas.
Pero esta espera de la mujer que el hombre hace durante toda su vida puede ser vista también desde un abordaje "evolutivo" estudiando las sucesivas transformaciones que se producen en el modo de conocer del hombre. Es a través de estos modos evolutivos de conocer que el hombre establece distintos vínculos con la realidad, por lo tanto también con la mujer.

"Primer nivel evolutivo, la cultura machista".
El hombre se expresa en su deseo para con la mujer desde una secuencia de significaciones elaboradas por hombres que "detentan el poder". En consecuencia la mujer debe llenar las expectativas diseñadas desde el poder. En este caso la mujer es prisionera de lo que el hombre desea. Pero este deseo además de ser autoritario es imaginativo, fantasioso; por esta razón la mujer nunca podrá relacionarse con este tipo de deseo ni en consecuencia satisfacerlo.
"Segundo nivel evolutivo, la igualdad de los sexos".

Las expectativas del hombre son despertadas y estimuladas desde las reivindicaciones sociales de la mujer. Ellas trabajan, compiten y desplazan profesionalmente a los hombres. La mujer se sitúa en un mismo nivel de igualdad con el hombre. Pero esta igualdad generará innumerables metáforas. Es por ello que la espera del hombre se encajará en una espera "simétrica" del otro. Esta modalidad de espera "simétrica" deformará la espontaneidad del misterio que surge del otro. Ese otro que desde "ella" se revelará como pura sorpresa; es decir, constante asimetría.

"Tercer nivel evolutivo, lo que trasciende la imaginación".
Aquí la espera del hombre es post-convencional; el hombre se dispone a un encuentro con la mujer "particular", único y sorpresivo. En este estadio la espera se enfrenta "desnuda" ante el misterio. Por un lado hay un impulso y por el otro un llamado; pero tanto lo uno como lo otro se disuelven en el "acontecer del encuentro".

En resumen, la mujer es para el hombre origen y destino. Ambos polos se van revelando paulatinamente: el primero en el comienzo de una larga marcha que se hunde en el berrear del nacimiento. En el segundo polo (la mujer como destino) sólo podemos avizorar el inicio de un extenso camino que atraviesa toda la noche de la imaginación. En un hombre habilitado a dar "respuestas" es decir, no sólo reacciones, la mujer se configura como "disponibilidad".  






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